La Voz Dormida: Entrevistas a Inma Cuesta y María León

Se sienta Inma Cuesta, la morena de ojos negros que interpreta a Tensi, la hermana que está encerrada en la cárcel de Ventas…”Creo que más allá de lo profesional o lo que el personaje me pueda aportar como actriz a nivel profesional, en lo personal el viaje ha sido muy profundo. Hemos realizado un trabajo de investigación largo y tortuoso. He aprendido mucho de la fortaleza de Tensi, de su valentía, de la lucha por sus ideales… Me ha dado una lección para saber valorar que todo lo que tenemos hoy en día es gracias a toda esa gente que luchó y sufrió. Tensi ha sido un regalo. Y un sueño el poder trabajar con Benito Zambrano”.

¿Sentiste algún tipo de compromiso al interpretar este papel?

Uy sí, y un compromiso que va más allá de la historia que se cuenta. Compromiso real e importante, sobre todo porque es un homenaje a todas quellas mujeres y hombres que lucharon por la libertad. Tensi representaba todo eso. Llevaba un peso importante porque quería dejarlo impreso en la memoria. Ha sido mucha responsabilidad.

Os veo muy complementadas a las dos, como hermanas. ¿Qué ha hecho Benito Zambrano con vosotras a la hora de dirigiros?

La verdad es que esto no es algo que se ensaye, María y yo cuando nos conocimos saltó la chispa y hubo mucha química entre nosotras. Eso es algo que hay o no hay entre las personas. Desde el primer día fuimos hermanas y nos hemos convertido en amigas. Enseguida compartimos la ropa y nos cepillamos el pelo la una a la otra, como de toda la vida. Y eso que en realidad sólo hemos trabajado en rodaje dos días juntas. Quedábamos para vernos y ensayar, para que existiera después esa complicidad entre las dos.

Entonces viene María León, con esos ojos azules que imponen. Su pelo suelto y labios carmín, no parece la misma Pepita, la de las dos trencitas y acento cordobés. Tan salá ella. La verdad es que he llegado hasta aquí y no sé cómo… todo se lo tengo que agradecer a mi hermano (Paco León) que me ha metido en este lío. Anoche me acordé muchísimo de él, me hubiera encantado que hubiera estado a mi lado en la presentación de la película.

¿Eres consciente del trabajo que has hecho? ¿De lo que Pepita va a dar que hablar?

No, la verdad es que todo esto me pilla por sorpresa. (Se ríe alegre) Lo único que he hecho ha sido meterme en una enorme familia, y caminar. Que venga lo que tenga que venir. Pepita es un regalo que me ha hecho Benito, es un personaje bombón, como me gusta llamarle. Es un amor de personaje y he sido muy feliz dándole vida.

Decían de la novela, que La Voz Dormida era un grito para despertar a olvidadizos y desmemoriados. En palabras de Dulce en una entrevista del 2003, “La Voz Dormida es un homenaje a los republicanos y republicanas que perdieron la guerra, es decir, a las gentes que no tuvo la oportunidad de contar su historia, la que a mí no me habían contado“.

Dicen de la película que es muy melodramática y manipuladora. Pero, seguramente lo digan personas que no han leído el libro y no caen en que la película es una adaptación de una novela. Un trabajo que hizo Dulce Chacón, documentándose durante cuatro años y medio. “Hablé con historiadores, visité bibliotecas y hemerotecas, pero lo más importante fueron los innumerables testimonios que recogí en pueblos y ciudades”. Estos testimonios son la base fundamental de la estructura narrativa, diría que la carnalidad de la novela y, por lo tanto, la que le presta más emoción, aunque los personajes son ficticios en un entramado de acontecimientos reales.

Dulce Chacón opinaba que se confundió durante la transición la reconciliación con la conspiración del silencio. “El silencio impuesto durante la dictadura fue terrible, pero durante la transición fue un silencio excesivamente largo y consensuado que ha llegado la hora de romperlo. ¿Cómo? Hay que establecer una conversación, no una discusión para recuperar la memoria de aquellos que no han tenido el derecho a expresar sus propios recuerdos, y de este modo, recuperar la memoria histórica

Ya se había acostumbrado a hablar en voz baja, con esfuerzo, pero se había
 acostumbrado. Y había aprendido a no hacerse preguntas, a aceptar que la
derrota 
se cuela en lo hondo, en lo más hondo, sin pedir permiso y sin dar
explicaciones. Y tenía hambre, y frío, y le dolían las rodillas, pero no 
podía parar
de reír.

Reía.

Texto y fotografías de Alba Cantón.

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